Cada semana, Rocío Carreño recorre cinco escuelas de la comuna acompañando a niños que están aprendiendo a leer. Como tutora del programa Rescate Lector de Fundación María José Reyes, ha descubierto que la confianza suele aparecer incluso antes que la fluidez.
A sus 23 años, Rocío Carreño recorre cada semana cinco escuelas de Santa Cruz como tutora del programa Rescate Lector de la Fundación María José Reyes. Es técnico en Educación Especial, está terminando la carrera de Psicopedagogía y acompaña de manera personalizada a estudiantes con rezago lector.
Con el tiempo ha descubierto que enseñar a leer es solo una parte de su trabajo. Muchas veces, el primer desafío es ayudar a que un niño vuelva a creer que puede hacerlo. Porque cada estudiante aprende de manera distinta y necesita un acompañamiento diferente.
En estos meses ha visto cómo las tutorías empiezan a dar resultados. La primera evaluación mostró que doce de los 32 estudiantes con los que trabajó lograron superar su rezago lector. Pero para Rocío, los avances más importantes no siempre aparecen en las cifras.
Los ve cuando un grupo de niños le pide ir a la biblioteca, aunque todavía no puedan leer todos los libros por sí solos. Allí hojean las páginas, observan las ilustraciones e imaginan juntos de qué puede tratar cada historia. También cuando algunos prefieren quedarse durante el recreo para seguir leyendo en lugar de salir a jugar.
«Se genera un espacio de confianza. Les gusta seguir leyendo y trabajando. Eso para mí ya es una señal enorme.»
Entre las historias que más recuerda está la de una estudiante que evitaba leer frente a sus compañeros porque le daba vergüenza equivocarse. Cuando había que exponer frente al curso, se bloqueaba. Meses después, Rocío pudo acompañarla en una disertación. Esta vez leyó con seguridad y logró desenvolverse frente a todos.
«Ver cómo podía leer con seguridad fue muy emocionante.»
En el camino también ha aprendido que enseñar a leer implica acompañar emociones. Hay estudiantes que se frustran, sienten miedo de equivocarse o necesitan recuperar la confianza antes de volver a intentarlo. Por eso, cada tutoría exige paciencia, contención y un trabajo cercano con las escuelas y sus profesores.
Después de casi un año recorriendo Santa Cruz, Rocío tiene la certeza de que aprender a leer va mucho más allá de reconocer palabras. A veces comienza con una niña que por fin se atreve a leer frente a su curso. O con un grupo de estudiantes que, en lugar de salir al recreo, le pregunta: «Tía, ¿hoy podemos ir a la biblioteca?».